Colombia: El oro o el paraíso

Con el oro podría escribirse uno de los capítulos más alucinantes de la interminable historia de la estupidez humana. Básicamente, el oro es un metal inútil. Resistente, brillante, sin duda, pero salvo una corona en las muelas, algunas cantidades mínimas en microcircuitos, y joyas que en realidad solo tienen la función de hacer alarde de riqueza, el oro no sirve para ningún otro fin que para ser atesorado en las cavas gigantescas de los bancos centrales del mundo. Si fuera útil de verdad, lo sacarían de allí y lo usarían en algo, pero pasa la vida guardado en lingotes apilados que duermen protegidos en bóvedas blindadas, secretas, custodiadas. Su valor no es real, sino simbólico.

Hector Abad Faciolince
 
La mayoría de los países ricos tienen grandes reservas en este metal. Estados Unidos, 8 mil toneladas; Alemania, 3 mil; Italia y Francia, dos mil quinientas cada una; Rusia, mil seiscientas; Suiza, mil toneladas. Algunos pocos países sensatos han vendido sus reservas en oro y han invertido lo recaudado en cosas más importantes, útiles y rentables. Pero la gente de a pie se parece a los países. Si hablamos de joyas, solo en Estados Unidos hay 83 mil toneladas de oro repartidas en cuellos, dedos, muñecas, pechos, pero sobre todo en cajas fuertes y escondites. ¿Para qué? Para nada, o para sentir una especie de seguridad ilusoria. Mucha gente se muere sin revelar dónde guarda su oro, y se lleva a la tumba el secreto de esta loca pasión humana que no ha traído más que muertos, guerras, saqueos, robos, destrucción, crímenes ecológicos, genocidios.
Yo he escrito con amor y con pasión sobre un paisaje situado en una zona áspera y agreste, pero extraordinaria: el paraíso campesino, agrícola, ecológico, boscoso, montañoso, paramuno del Suroeste antioqueño. Es un territorio de gran belleza, que mis antepasados me enseñaron a querer y a proteger. Allí, escondida entre las peñas de Támesis, Tarso y Jericó, hay una finca y una región más o menos real y más o menos soñada que yo quise reconstruir en una novela: La Oculta. Sobre esas mismas veredas y caminos escribió con gran propiedad y acierto Manuel Mejía Vallejo. Esa tierra sigue siendo nosotros, como habría dicho él.
Pues bien, olfateando con sus voraces narices el oro y el moro, o tal vez el cobre o el níquel o la plata, o vaya a saber qué otros metales y minerales preciosos o semipreciosos, una empresa multinacional (de capital canadiense, surafricano y norteamericano, en su mayoría) de muy dudosa reputación aquí y en otros países del mundo, la Anglogold Ashanti, viene haciendo, casi en sordina y como sin querer queriendo, exploraciones en este amplio territorio al occidente del río Cauca. A esta empresa minera, en una apertura de patas vergonzosa por parte del estado colombiano, en años recientes le fueron otorgadas más de 8 millones de hectáreas para exploración, y un área no definida, pero enorme, de títulos mineros. Estos están incluso en páramos, en parques nacionales, en lagunas, humedales y hontanares de agua, en reservas forestales que tienen delicados ecosistemas donde crecen plantas y animales únicos. Pero los indicios de oro para estas empresas son como el olor de la sangre para los tiburones.
No estoy en contra de todo tipo de minería. Uso computador, tengo reloj, tengo carro y bicicleta, y para todos estos objetos se requiere sacar de la tierra hierro, aluminio, cobre, litio, e incluso algo de oro (aunque con el que ya hay sacado habría oro de sobra hasta el final de los tiempos). Pero la vocación de ciertos territorios únicos no es la minería. Hay lugares en los que la riqueza del paisaje, de la fauna y la flora es infinitamente más valiosa que el oro. El Suroeste antioqueño es una fábrica de agua, de pájaros, de nubes, de increíble belleza para todos los sentidos. Incluso económicamente, su gran riqueza es y será esa: deleitar. No vamos a permitir de brazos cruzados que los tiburones de la codicia nos destruyan, pintándonos pajaritos de oro, el paraíso.

 Fuente: http://www.hectorabad.com/el-oro-o-el-paraiso/

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